MIL RAZONES PARA LLORAR Y REÍR

(NAVIDAD, ILUSIÓN Y ESPERANZA)

Érase un lugar no sé si remoto o cercano, yo apenas alcanzaba los doce años de
edad, yo tan solo un niño caminando lleno de ilusiones, ilusiones de color azul
cargadas sobre mis hombros, descansando dentro de un morral, del cual en verdad
no alcanzo lograr que llegue a mi mente que color tenia, tampoco alcanzo a recordar
cuantas eran aquellas ilusiones, pero los adornos que me dieran mi madre y mis
hermanas alcanzaban el número de veinte, siendo el costo de cada uno de ellos, de
diez monedas, luego acude a mi memoria que en el fondo de él, descansaba
inquieta mi amiga la esperanza, con la que salía acompañado cada día que tomaba
la calle para trabajar.
Mi casa había quedado atrás con mi madre y mis cuatro hermanas, sentadas
alrededor de la mesa, preparando el biberón para la más pequeña de ellas, tanto
así como, confeccionando otros adornos para la continuidad de la venta de los
demás días venideros hasta el 24, confiando inocentemente en que a mi retorno a
casa, lo haría portando alimentos y algo de dinero para poder comprar los juguetes
solicitados a papa Noel, las telas para hacerles sus vestiditos y el par de pistolas
que tenía separadas en una tienda. Mi padre, lejos de la capital, cumplía su gira
artística, con fecha de retorno el día 29 de diciembre.
Las horas de aquel día 22 de diciembre, avanzaron raudas y violentas como si
alguien las apurara, transcurrieron apresuradas como el tiempo que se ha marchado
con los años, para nunca más retornar.

Yo, estaba allí parado, sin un centavo en mis manos, mucho menos en mi bolsillo,
mi seño adusto, lleno de tristeza mi rostro y el morral con los veinte adornos y
arbolitos, pensativo y cabizbajo, pues ya no faltaba nada para la noche buena, al
público, como en años anteriores, ya no le interesaban mis adornos hechos a mano,
pues, el avance de la tecnología, apuntaba a mercancía más sofisticada que nuestro
bajo capital no nos permitía adquirir por ser insuficiente.
Llegue sin darme cuenta, casi inconscientemente, a una esquina de vidrios y vitrinas
amplias, casi gigantescas para mi edad, era una tienda nueva que nunca había
apreciado o de la cual no me había percatado que existía, quedando vislumbrado
de sus resplandecientes luces intermitentes que oscilaban emitiendo luces de color
verde y amarillo, mostrando una infinidad de juguetes que lucían impecables, casi
burlonamente a mi inquietud, deseo y alcance, y junto a ellos, un letrerito de color
verde, el mismo que llevaba inscrito en letras de color rojo:

¡Navidad para el Niño!
Mi cara entristecida mostró profundo dolor, pude ver mi rostro dibujado en el vidrio
gigante de la tienda de la esquina, mientras de mis ojos se deslizaron profundas
lágrimas que golpearon la angustia de mi pecho, me sentí impotente al pensar que
no podía llevar a mi madre el dinero o las monedas necesarias para cubrir el sueño
e ilusiones de mis hermanitas, no eran las pistolas que tanto quería, era que se
sumaba el no poder llevar los alimentos que mi madre confiada esperaba, muriendo
de esta forma gran parte de mis ilusiones.

Siguió la angustia golpeando mi pecho y al corazón que lleno de angustia quería
escaparse, es el dolor del que implora y reza, del que clama, recuerdo que me quede
mirando al cielo, mientras recorrían por mi mente, las barracas, los barrios y los
pueblos donde nacimos muchos niños como mis hermanas y yo, sin tener un pan,
porque la pobreza se llega a burlar del ser más necesitado, del más humilde, pero
mi esperanza no moría como mis ilusiones.

Aun con llanto en mi ser, levante mi mirada al cielo azul, recuerdo que tan solo pedía
a Dios que no se olvidara de mis hermanitas, tampoco de mi madre, que me
permitiera vender mis adornos para poder llevar los alimentos que necesitábamos
para continuar nuestro camino y llenar el vacío que dejaban nuestras ilusiones, que
despejara de mi cielo la sombra de la pobreza.
Mi pedido al cielo transcurría sin percatarme del avance de las horas, nunca me di
cuenta estando frente a aquella vitrina, en que momento bajé el morral que tenía
sobre mis hombros, tampoco podría decir en qué momento procedí a abrirlo para
poner a la venta mis adornos y arbolitos, solo sé que mis brazos, estuvieron
extendidos, apuntando hacia el cielo, con mis manos abiertas, mientras salían de
mi boca las palabras, lo demás nunca lo sabré, solo sentía una brisa suave, muy
suave sobre mis mejillas.
Cuando reaccioné, había aclarado el nuevo día 23 de diciembre, el alba me seguía
dando brisa tibia que fue interrumpida por sobresaltos y hasta temor, pues, vinieron
a mí los rostros de mi madre y hermanitas, preocupadas por mi ausencia en la casa
y me dije para sí seguidamente:
....¿MI MORRAL?
Pues este, no este no estaba sobre mis hombros y fue peor mi espanto cuando
descubrí que se encontraba al costado de mis pies, completamente vacío,
seguidamente me cubrió el temor y la angustia, ¡sollozando! algo me llamó la
atención fuertemente, pero tenía que llegar pronto a casa y tomando mi morral, lo
coloque sobre mis hombros y emprendí el retorno.

Cuando pude alcanzar llegar a casa procedí a ingresar mostrando mi desesperación
y angustia, mi madre, mis hermanitas corrieron sobre mí, preguntando preocupadas,
¿qué es lo que me había sucedido y si me encontraba bien, si había dormido en
algún lugar?, revisando mi cara y mi cuerpo de escasos doce años.
Avance unos pasos y procedí a sentarme en la silla que solía usar mamá,
seguidamente pidiéndole perdón levante mi morral y lo puse sobre la mesa haciendo
presente que los veinte adornos y arbolitos no se encontraban, que alguien los había
tomado mientras me dormí y en el instante de la acción de mostrar a mi madre y
hermanitas que el contenido no estaba, del morral cayó una envoltura,
sorprendiéndonos a todos, por lo que temerosos y con cuidado tomamos aquella
para verificar y fue cuando todos descubrimos conforme a mi relato, que se trataba


del mismo letrero de color verde que había observado en la vitrina de aquella tienda
grande, y que en letras de color rojo tenia inscrito:
¡YO SOY TU FE Y ESPERANZA!
........Y, más grande fue nuestra sorpresa, al constatar que dentro del envoltorio, de
forma inexplicable, habían veinte billetes del valor de cien monedas cada uno, que
representaban a aquellos veinte adornos y arbolitos cuyo valor era de diez
monedas.
Mi madre y hermanitas manifestaron que todo no era más que una mala broma de
mi parte, con lágrimas en los ojos y de rodillas explique a ellas que no las estaba
engañando.
Yo comprendí seguidamente, el porqué de mi sueño, la brisa que sentí, mientras
oraba y alzaba mi plegaria al cielo, buscando a Dios, y al levantar nuevamente mi
rostro enjugando lágrimas, mi madre nos tomó de la mano y postrándonos de
rodillas, tomados de la mano, alzamos nuevamente nuestras oraciones y dimos
gracias porque ¡LA ESPERANZA! nos dio frutos en Navidad y Dios nos brindó su
aliento utilizando como cómplice al sueño, para no turbar de esta forma nuestras
ilusiones.  
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Carlos Fidel Borjas

(786)316-1910

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